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Qué es el Duelo y su Evolución

Qué es el Duelo y su Evolución

Si bien la etimología de duelo como dolor o aflicción es amplia, vamos a acotar el término al que quizás sea la realidad más dolorosa del ser humano: la muerte. El proceso de asimilar la muerte de un ser querido, es el guión que seguimos en este artículo.

Los supervivientes nos refieren que “es tan terrible el dolor psíquico” del abandono o de la orfandad, que hubiesen deseado morir ellos. La pérdida de un ser querido, sobre todo familiares de primer rango como hijos o padres, esposos amantísimos, bien de forma inesperada (súbita o accidental) o, por el contrario, esperada por todos y, a veces, hasta deseada como alivio del dolor o del deterioro del enfermo, es una situación de crisis que pone en juego nuestra capacidad de sobrevivir con nuestras propias creencias o de ser el continente de esta situación de pérdida llamada DUELO.

La importancia del duelo podemos valorarla por los múltiples escritos sobre la materia: literatos, psicólogos, antropólogos, psiquiatras, sociólogos o psicoanalistas. Cada uno desde su perspectiva intelectual, han incorporado luz a dicho proceso o se inspiraron en el duelo para su labor creativa.

En esta primera entrega  vamos a referir las fases del duelo normal (existe también el denominado patológico).

Las fases del duelo normal dependen de dos factores: las relaciones con el muerto y las circunstancias que han acompañado su muerte, edad, tipo, suicidio, etc. Las palabras clave son tiempo y graduación. Ésta última disminuye según aumenta el tiempo transcurrido de la muerte.

Las fases del duelo son cuatro: 1) Entumecimiento o protesta. 2) Anhelo y búsqueda del ser querido. 3) Desorganización y desesperación. 4) reorganización. Vamos a describir cada una de las fases.

En la fase de entumecimiento o protesta aparece la incredulidad, la negación, la confusión, la inquietud. Se mantienen pensamientos obsesivos con la muerte del ser querido. En el anhelo y la búsqueda del ser querido, se toma conciencia de la ansiedad que produce la separación y ésta  conduce al nerviosismo. En los sueños y ensueños se establece una búsqueda del fallecido. Durante la desorganización y la desesperación, el doliente se llena de aflicción que puede conducir a la depresión, produciendo sensaciones de aislamiento, fatiga y desamparo. La impaciencia y la impotencia se adueñan del ánimo. La fase de reorganización inicia la aceptación de la pérdida, asumiéndola como una realidad propia. Aparecen los sentimientos de perdón  por el abandono del muerto y comienza el olvido de la fase aguda del dolor que este abandono causa y, el doliente, está preparado para volver a vivir para los vivos.

Los psicoanalistas han descrito muy bien el dolor del duelo que se debe, por una parte, a la porción del yo que se pierde junto con el  objeto amado y, por otra, a la pérdida del objeto mismo. Como consecuencia de la pérdida ocurrida en el Yo, se perturba su equilibrio, se ocasiona un estado de desorganización junto con la desesperación y la dolorosa falta de capacidad para mantener conductas organizadas (Déficit del Yo).

El trabajo del duelo consistirá en aceptar la realidad que el objeto amado ya no existe y, con gran gasto de tiempo y de energía, ir retirando la libido de sus uniones con ese objeto. Una vez concluido el trabajo del duelo, el Yo se vuelve libre y desinhibido para desplazar la libido a otros objetos.

El psicoanalista estudioso del duelo el Dr. Grinberg defiende su planteamiento del duelo “normal” afirmando: “Frente a una pérdida aguda y masiva de un objeto valorado se produce, como primera reacción, un estado de shock o estupor. Este estado, puede ser breve o no existir si la pérdida es poco significativa. El estupor se produce ante dos peligros: la confusión y el dolor psíquico. El cuadro clínico se expresa en el Yo, sobre todo en el área de la percepción y la motricidad. Cuando el yo comienza a salir de la fase de estupor, empieza a hacerse cargo de la pérdida. El juicio de la realidad ante el dolor que provoca la pérdida, sucumbe reiteradamente a la negación, reforzada por otros mecanismos de defensa. El Yo necesita un tiempo de recuperación, para hacerse cargo de aquello que el juicio de la realidad impone”.

Dado que los objetivos de este artículo no sólo son informar sino también formar, podemos preguntarnos ¿Qué conducta hemos de seguir ante un duelo?

  1.  Debemos de entender que los seres humanos nos desarrollamos en contextos socio-culturales propios y, que estos contextos, tienen sus ritos mortuorios y exequias. Desde esta posición de respeto, a nosotros o al otro, debemos sumergirnos en estos rituales solos o acompañando a un amigo en situación de perdida “para ir ayudando a su consuelo”
  2.  La actitud empática con su dolor, el abrazo o el beso, son gestos que contienen el dolor en el doliente, en tanto que lo comparte con el amigo.
  3.  El consuelo y el apoyo incondicional con la verbalización respecto a la figura idealizada del muerto, sus sueños, deseos, ensueños y sus anhelos respecto del ser perdido, hasta que vaya remitiendo el dolor y permitir que el amigo se manifieste con nosotros y que compartamos su dolor es curativo. Esta actitud se potencia más si ayudamos a reorganizar su nuevo rol social, problemas con tramitar documentos y papeles, tanto dentro del hogar como fuera de casa.
  4. Las visitas al doliente a lo largo del primer año, sin olvidarnos de fechas claves como Navidad, cumpleaños y aniversario de la muerte. La compañía de los que nos quieren es un buen antídoto contra nuestra soledad y permite colocar las buenas cualidades del muerto en la mente del doliente. (Simbolización del muerto)
  5. Planificar actividades para gratificar al doliente conforme conecta de nuevo con la vida, a la vez que se va integrando una figura más real del muerto, con aciertos y errores. Poder valorar la parte sublimada de la personalidad del ausente como la mejor herencia que trasciende a la pérdida concreta.

La opinión médica actual es que la compañía empática es el mejor calmante para el dolor. Cuando no da resultados, habrá que consultar con un especialista pues, quizás, nos encontramos con que el duelo se ha complicado y, en ese caso, se requiere la ayuda de un psiquiatra.

Dra. Eutiquiana Toledo Ruíz

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